viernes, 12 de junio de 2026

EL REY DEL JUEGO — YOUR LATEST TRICK

 

Afiche. Hay un toque de FAUSTO
en esta película; dos mujeres se
disputa el ánima del KID; MELBA
que encarna el vicio y el mal, y la
"pura" CHRISTIAN, el refudio al
que acude cuando fracasa

NORMAN JEWISON enfrenta en esta película dos estilos de vida por los cuales debemos pasar inevitablemente: el ambicioso empuje de la juventud y el reposado tactismo de la madurez. Para establecer la parábola escoge a ERIC STONER, el KID DE CINCINATTI (el icónico STEVE MCQUEEN), deslumbrante jugador de póquer dotado de un talento innato para salir triunfante, y a LANCEY HOWARD (EDWARD G. ROBINSON, antiguo rey del cine de ganster de los 30), experimentado, ODIADO/envidiado e imbatible rey del juego, enfrentándolos en una homérica partida.

Es curioso ver cómo una acción que se reduce a dos hombres ante el tapete verde combinando juegos pueda dar para más de hora y media. Para hacerlo, Jewison apresta argumentos secundarios, como endebles telarañas, para agilizar la trama y no matarnos de aburrimiento. Esto es cine comercial de calidad, no esos tediosos existencialismos que ponen de rictus erectus a LISA SIMPSON o FRASIER, donde lo más emocionante es si abren o no una botella de champán, por si el corcho rebota no sé dónde golpeando alguna reflexiva mollera.

Las tramas secundarias principales la abonan SHOOTER (KARL MALDEN) y el despiadado y rencoroso magnate de Nueva Orleans SLATER, a quien Lancey da una buena paliza a las cartas, hiriendo su inflamable vanidad y ego. Para Slater ver enfangado al maduro maestro de los naipes se trueca obsesión. Encuentra una adecuada palanca para ejecutar su venganza: Shooter, a quien presiona con unos vales de deudas para que haga lo que más repugna al veterano jugador: trampas. Un sólido aire de probidad une a Kid, Lancey y Shooter; Kid no piensa erigirse rey del juego mediante una añagaza, que en seguida descubre.

El duelo ha estallado; los vértices protagonistas
en el fotograma. Nueva Orleans contra el maduro
LANCEY HOWARD, hasta que éste da la sorpresa.
El presunto vencedor desaparece de su afecto

Enfurece, motivado por su amor propio, y una subconsciente certeza: si gracias a estas trampas gano hoy, cuando me enfrente a quien sea, ya coronado monarca del póquer, y me zumba una paliza, ¿de qué vale mi título? Lancey lleva décadas reinando mediante su astucia, experiencia y habilidad, eso nadie lo discute. Shooter mismo lo ha afirmado: le dejó pelado cuando jugaron. Sería deshonesto ganar así. Mi coronación debe ser pura, justa, ganada en justo lance: indiscutible.

La dignidad se ha convertido en caro artículo en nuestros procelosos días. Verdad que siempre ha sigo materia de una rebuscada sobreestimación. Todas las épocas han tenido rufianes así como defensores de la dignidad. Empero, como lo que estamos viviendo a fecha de esta reseña, muy poco en la Historia puede comparársele.

En esta época de edadismo, Howard
muestra por qué no conviene desdeñar
a la experiencia que otrogan los años

Y mantener una ejemplarizante dignidad ante la adversidad es asimismo argumento muy usual del cine. La novelería caballeresca aparece para moderar una bestial Edad Media merced a unos ejemplares y dignos caballeros que trataban con gentil compasión (reservada a sus pares, esto es) confiando que los reyes y nobles de entonces les imitasen y no sofocasen a la gleba. Fracasaron, la verdad. Este cine emula esos pasos: presenta sujetos íntegros que impulsen al espectador a comportarse con esos elevados estándares morales. En esencia, por sí mismo, para ver si es capaz de ser otro ciudadano. Más que el juramento a la bandera, los conceptos patrióticos, pagar impuestos. No parece que la cosa fermente tampoco en nuestros más “culturizados” tiempos, dominados por la rapacidad y la avaricia, a caballo de la desconfianza y la polarización de marras.

Kid agrede a Shooter. Exige una limpia victoria irreprochable sobre Lancey. Su juego es brillante, consigue poner a Howard en un brete. Mas entonces Kid recibe una valiosa lección. Lancey demuestra que sabe más el Diablo por viejo que por diablo, y Kid se deja ofuscar por la edad y ese aparente “entumecimiento” que sufre Lancey. En la secuencia que enseña la jota, es cuando Lancey de implacable semblante muestra su último y más eficaz farol, derrotando a Kid. Cae la máscara. Mi experiencia y tu vanidad te vencieron.

viernes, 5 de junio de 2026

EL GRAN GATSBY — PREÁMBULO A LA GRAN DEPRESIÓN

 

Esta misma portada. Trasluce 
algo que compendia la novela:
de trasfondo, retrata una feria de
las vanidades que encubre el
titubeante romance de GATSBY

F. SCOTT FITZFERALD hace un acertado retrato de lo que se llamó la Belle Epoque, ese “entretanto” entre guerras que sobre todo dominó Francia; una estremecedora contienda inaudita había sacudido el ancho mundo (Europa principalmente), quizás la más devastadora de las habidas hasta entonces, y cuando llegó la pax, las naciones vencedoras se consideraron despertar de una pesadilla demasiado vívida como para revivirla. En ese autoensalmo artificial que Fitzgerald retrata diseminaron las simientes del nazismo.

Los vencedores, borrachos de triunfo, apretaron implacables las clavijas a la perdedora Alemania fautora de guerras de tal modo que consiguieron alienar una nación y dar poder a un rencoroso hombre que descubrió estaba en condiciones de tomarse una terrible revancha. Tras la Segunda Gran Guerra, tomaron buena nota de qué no debían hacer. De todos modos, ayudaba tener un aterrador enemigo a las puertas: la comunista Unión Soviética, viejos “aliados”, verdugos potenciales ávidos de dominio global. La paranoica alienación alimentaría durante décadas a ambos lados del Telón de Acero, ¡más ACERO!

Fitzgerald retrata, desde un aséptico punto de vista, frío, el glorioso verano de 1924 de un misterioso magnate aterrizado en Long Island, dueño de una fastuosa mansión en la cual celebra fáusticas fiestas con generosa regularidad. Por sus jardines paseaban todo tipo de apalancados de mayor/menor relevancia social, llevados por el impulso de “dejarse ver” junto o la proximidad de la palpitante sensación del momento.

F. SCOTT FITZGERALD en una
pose de perdonavidas propia de
RODOLFO VALENTINO. En el
fondo, mejor que la última "pose"·
del MACARIO literario de moda:
¡en camiseta de albañil y boina!

El esnob mundo del postureo es así; sólo debes abrir revistas como ¡Hola! o ver programas de cotilleos para notarlo. Hay otros sujetos, menos glamourosos, que también aprovechan estos espasmos de popularidad, moviéndose entre sombrías bambalinas: políticos, empresarios, aspirantes “a algo” que pisan cierto terreno firme. Las veladas de Gatsby suponían oportunidad de contactarse, comerciar, ODIARSE, aliarse para formar imperios o derribarlos. Varios ejemplos aparecen en la historia.

NICK CARRARAY, que relata este verano de corrupción, desprende la sensación de estar vacío de emociones. No es que procure tomar distancia/objetividad, sino que le importa todo una mierda. Su indiferencia es casi robótica; propia de esos entes extraterranos de la ciencia ficción sanasimoviana que toma nota de todo desapasionados, aunque del tiro salpicaran los sesos su camisa. Objetaría un: Oh, ¡vaya! La sangre no sale de la seda, dando un trago a su martini con la indolente pose del DAVID de MIGUEL ÁNGEL.

Es falsa la emoción como Carraway congenia con Gatsby, quien le revela en un momento concreto su real nombre y modestos orígenes de aventurero a quien el avatar brindó una oportunidad única de ser magnate. De desahuciado héroe de guerra se transformó en un opulento desconocido semimafioso obsesionado con un amor de juventud y quien edificó (aunque ya estuviese allí) una mansión a fin de controlar a ese amor que desea poseer con dolorosa ansiedad… siempre quedando en unas incómodas tablas de castidad.

La más reciente adaptación.
creo. En todo caso, la imagen
del difunto ROBERT REDFORD
es la que ves cuando lees sobre
el misterioso Gatsby

Sólo hay un esbozo de humanidad por lo ocurrido y por Gatsby hacia el final. Entre tanto, Carraway (y su peculiar romance con la golfista —ejemplo de la fatua superficialidad e inmediatez de la Belle Epoque, deportista veleidosa convencida de que este episodio de champaña, charlestón y tiroteos de gansters en Chicago sería eterno, para compensar la Gran Guerra—) se implica en el ansia de recuperar un tiempo perdido y una certeza que en Verdún voló por los aires. Querer volver a un mundo que nunca existió en realidad, un embrujo de inmovilistas clases sociales y vistosos bailes con príncipes en palacios propios de cuentos de hadas. Autohipnotizados por la necesidad de olvidar, en ningún instante Carraway (notario de esa Sociedad) pudo intuir que la Bella Época estaba gestando una nueva, violenta y prolongada oscuridad al planeta. Por entonces, cuanto agujero negro podía percibir era el del celoso racista TOM BUCHANAN y su esposa, DAISY, que despreciaba al marido y pensaba amaba a Gatsby. Pensaba.