viernes, 5 de junio de 2026

EL GRAN GATSBY — CAMARADA, CON LA DE OTRO, NO

 

Esta misma portada. Trasluce 
algo que compendia la novela:
de trasfondo, retrata una feria de
las vanidades que encubre el
titubeante romance de GATSBY

F. SCOTT FITZFERALD hace un acertado retrato de lo que se llamó la Belle Epoque, ese “entretanto” entre guerras que sobre todo dominó Francia; una estremecedora contienda inaudita había sacudido el ancho mundo (Europa principalmente), quizás la más devastadora de las habidas hasta entonces, y cuando llegó la pax, las naciones vencedoras se consideraron despertar de una pesadilla demasiado vívida como para revivirla. En ese autoensalmo artificial que Fitzgerald retrata diseminaron las simientes del nazismo.

Los vencedores, borrachos de triunfo, apretaron implacables las clavijas a la perdedora Alemania fautora de guerras de tal modo que consiguieron alienar una nación y dar poder a un rencoroso hombre que descubrió estaba en condiciones de tomarse una terrible revancha. Tras la Segunda Gran Guerra, tomaron buena nota de qué no debían hacer. De todos modos, ayudaba tener un aterrador enemigo a las puertas: la comunista Unión Soviética, viejos “aliados”, verdugos potenciales ávidos de dominio global. La paranoica alienación alimentaría durante décadas a ambos lados del Telón de Acero, ¡más ACERO!

Fitzgerald retrata, desde un aséptico punto de vista, frío, el glorioso verano de 1924 de un misterioso magnate aterrizado en Long Island, dueño de una fastuosa mansión en la cual celebra fáusticas fiestas con generosa regularidad. Por sus jardines paseaban todo tipo de apalancados de mayor/menor relevancia social, llevados por el impulso de “dejarse ver” junto o la proximidad de la palpitante sensación del momento.

F. SCOTT FITZGERALD en una
pose de perdonavidas propia de
RODOLFO VALENTINO. En el
fondo, mejor que la última "pose"·
del MACARIO literario de moda:
¡en camiseta de albañil y boina!

El esnob mundo del postureo es así; sólo debes abrir revistas como ¡Hola! o ver programas de cotilleos para notarlo. Hay otros sujetos, menos glamourosos, que también aprovechan estos espasmos de popularidad, moviéndose entre sombrías bambalinas: políticos, empresarios, aspirantes “a algo” que pisan cierto terreno firme. Las veladas de Gatsby suponían oportunidad de contactarse, comerciar, ODIARSE, aliarse para formar imperios o derribarlos. Varios ejemplos aparecen en la historia.

NICK CARRARAY, que relata este verano de corrupción, desprende la sensación de estar vacío de emociones. No es que procure tomar distancia/objetividad, sino que le importa todo una mierda. Su indiferencia es casi robótica; propia de esos entes extraterranos de la ciencia ficción sanasimoviana que toma nota de todo desapasionados, aunque del tiro salpicaran los sesos su camisa. Objetaría un: Oh, ¡vaya! La sangre no sale de la seda, dando un trago a su martini con la indolente pose del DAVID de MIGUEL ÁNGEL.

Es falsa la emoción como Carraway congenia con Gatsby, quien le revela en un momento concreto su real nombre y modestos orígenes de aventurero a quien el avatar brindó una oportunidad única de ser magnate. De desahuciado héroe de guerra se transformó en un opulento desconocido semimafioso obsesionado con un amor de juventud y quien edificó (aunque ya estuviese allí) una mansión a fin de controlar a ese amor que desea poseer con dolorosa ansiedad… siempre quedando en unas incómodas tablas de castidad.

La más reciente adaptación.
creo. En todo caso, la imagen
del difunto ROBERT REDFORD
es la que ves cuando lees sobre
el misterioso Gatsby

Sólo hay un esbozo de humanidad por lo ocurrido y por Gatsby hacia el final. Entre tanto, Carraway (y su peculiar romance con la golfista —ejemplo de la fatua superficialidad e inmediatez de la Belle Epoque, deportista veleidosa convencida de que este episodio de champaña, charlestón y tiroteos de gansters en Chicago sería eterno, para compensar la Gran Guerra—) se implica en el ansia de recuperar un tiempo perdido y una certeza que en Verdún voló por los aires. Querer volver a un mundo que nunca existió en realidad, un embrujo de inmovilistas clases sociales y vistosos bailes con príncipes en palacios propios de cuentos de hadas. Autohipnotizados por la necesidad de olvidar, en ningún instante Carraway (notario de esa Sociedad) pudo intuir que la Bella Época estaba gestando una nueva, violenta y prolongada oscuridad al planeta. Por entonces, cuanto agujero negro podía percibir era el del celoso racista TOM BUCHANAN y su esposa, DAISY, que despreciaba al marido y pensaba amaba a Gatsby. Pensaba.