SILVIO CHIERIGHIN lo reconoce en el
prólogo, poniendo a su hijo de corta edad de testigo: no escribió una novela
juvenil, sino para niños de entre ocho-diez años. La parte de fantasía e
imaginación es adecuada para estimular los púberes intereses por las criaturas
feéricas. Las carnicerías descritas en los capítulos finales rozan el
desenfrenado gore, careciendo encima de moraleja o positivo mensaje didáctico,
por mucho que el autor incluya un parrafito explicando que esto pasa cuando nos
domina la irrefrenable codicia, esclavizándonos la ambición por adquirir más
Más MÁS.
Por lo demás, sugiere este libro es suerte
de adaptación del ciclo de óperas de RICHARD WAGNER del tema. No tengo muy
claro si las leyendas flotantes que pudiera el autor haber ido
conociendo/recogiendo acá/allá aportan légamo a su texto, o si es una sucesión
de ocurrencias que encontró una forma de hilvanar apoyándose en secuencias de
la vida de SIEGFRIED, manantial del mito de SAN JORGE y el DRAGÓN… o PERSEO,
pues Siegfried posee también un casco que hace invisible.
En realidad, esta historia llena de
(alarmantes) incoherencias tiene mucho más que ver con la mitología artúrica. Numerosos pasos recogidos en este libro recuerdan los de algunos
más/menos nobles CABALLEROS DE LA TABLA REDONDA. Un ejemplo: conocemos cómo ARTURO heredó Excalibur, la cual primero poseyó su padre, UTHER,
donada por MERLIN (aceptemos la versión de JOHN BOORMAN) para forjar un reino.
El padre de Siegfried obtiene su espada de un modo similar a como la consigue
Arturo. Cierta noche, ODÍN, disfrazado de Viajero, entrega a una festiva
concurrencia una formidable espada la cual entierra en el tronco de un roble.
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| RICHARD WARNER, memorable sobre todo por LA CABALGADA DE LAS VALKIRIAS y los prólogos de las óperas de este ciclo que abren EXCALIBUR. (Es que no he hallado foto alguna del autor del libro.) |
Será su dueño aquél noble o guerrero
invitado a arrancar la espada del tronco y lo logre. El padre de Siegfried lo hace.
Siendo traicionera la naturaleza de Odín, la víspera de una batalla reaparece para
romper con su lanza la espada, condenado al padre de Siegfried a morir. Años
más tarde, Siegfried encuentra las partes de la espada y amenaza a un avieso enano
traidor del cual es amigo a ayudarle a forjarla de nuevo. Un poco en plan Mjolnir.
La centella le hace invencible, y junto con
todos esos extraordinarios caracteres que le harían ilustre caballero de
Camelot, se vuelve mítico. Además, bañado en la sangre de FAFNIR, el dragón
dueño de un portentoso tesoro (el famoso oro de los Nibelungos) que le maldice
por arrebatarle su fortuna, es invulnerable, como AQUILES, excepto en el punto
donde HAGEN, el envidioso bizco cómplice del voluble rey GUNTHER, usa la misma tizona
de Siegfried para asesinarle. Encima, el cabrón se regodea del hecho, restregando
ante la virtuosa viuda (y hermana de Gunther) de Siegfried su cadáver.
KRIEMHILD (otra beldad de mito artúrico) tarda
casi una década en querer vengarse, atreviéndose sólo tras haberse desposado
nada menos que con ATILA, ese de la Historia más malo que la quina. ¡Pasmosa
pirueta literaria para abducirnos hasta el desenlace!
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| Gay abundante narrativa al respecto; a escoger una, esta misma |
Perjudica a un libro que abarca un amplio
arco “histórico” sus incoherencias. Clamorosa: Siegfried y Kriemhild tienen un
hijo, llamándolo Gunther. En correspondencia, Gunther bautiza a su vástago
Siegfried. De estos infantes no se supo más. Siegfried reina sobre los
Nibelungos, pueblo de una tierra neblinosa; enterados del vil asesinato de su
rey, no toman ninguna represalia o iniciativa similar. Resignados, regresan a
sus brumas restando allí, desapareciendo también del relato.
Aunque el italiano mantiene el interés y el pulso del relato, si no fuese por su semejanza con el mito artúrico y las bárbaras carnicerías descritas (ejércitos de veinte mil soldados aplastados por mil, o menos), esas incoherencias lo harían naufragar. Descoloca que Siegfried, de misa diaria, luego se alíe con criaturas de la mitología pagana. Se entrelazan ambos conceptos con una naturalidad propia de novela de MICHAEL MOORCOCK. El autor debió desarrollar la segunda, abrazar su origen legendario, dándole una completa naturaleza fantástica. Funcionaría, pues chirría ver a Dios y Odín compartir tarima…


