viernes, 4 de septiembre de 2026

EL SOLISTA — LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL SICARIO

 

Una mezcla de suspense, crimen
organizado, espionaje y terrorismo
internacional. Una evidencia de lo
interconectado que todo está en las
cloacas de los bajos fondos

Esta novela es de las más política que he leído de JACK HIGGINS. Manifiesta desprecio por la izquierda y sus hipocresías. Empero sufre una especie de “ataque de conciencia” y, en cierto momento, equipara al sicario JOHN MIKALI con el coronel ASA MORGAN. Mikali comenta: Por lo que hago, me condecoraban. Morgan es veterano combatiente contra organizaciones terroristas que han amenazado intereses británicos, recibiendo honores por lo que cobra Mikali: matar. Morgan no tuvo escrúpulos en torturar con tal de obtener sus metas. Por contra, el prodigioso pianista procura ser rápido y expeditivo en sus encargos. Sin embargo persiguen idéntico fin: evitar nuevas muertes, encargadas por despiadados generales golpistas o por endiosados radicales de izquierda.

Mikali, de ascendencia griega, en las primeras páginas aparece como un ser frío, alienado de la sociedad, casi asexuado, motivado por su abuela a la interpretación al piano. Una quiebra en su vida lo decide a alistarse a la Legión Extranjera, donde destaca desempeñando con éxito sus labores. Su abuelo es una especie de pasivo activista contra los coroneles que dieron el golpe de estado en Grecia, lo cual lo marca para morir. No es un hombre agresivo, impulsivo o radical; denuncia los excesos en su periódico. Punto.

HENRY PATERSON escribía, sobre todo, como
JACK HIGGINS. Su conocimiento de estos temas
se basa en experiencias de expertos

Oficiales radicales lo ejecutan y obligan a Mikali a vengarse. Los conocimientos adquiridos en la Legión le ayudan en su propósito. Hasta ahí, bien. Normal/natural. Mas el pianista cae en las manos de un astuto y artero agente infiltrado de la GRU en Francia que consigue camelárselo. Lo curioso es que Mikali sabe el engaño y, en vez de rebelarse, permite lo utilice DEVILLE para desestabilizar Occidente mediante una campaña de selectivos asesinatos. La resonancia en el ámbito musical de Mikali le invita a todas partes y, en ocasiones, “en esa parte” se encuentra su objetivo.

Se convierte en un cínico sibarita donjuanesco que se trajina a la psicóloga KATHERINE RILLEY, retrato del liberal de limusina izquierdoso que está siempre proinvasor, y contra el invadido. Lo vemos con Ceuta: Pobrecitos moracos y negratas sidosos. Mira a esos canallas ceutíes racistas, no regalarles sus casas. ¿Pueden ser más crueles? Esa es Rilley, negándose a reconocer el tormento del invadido, la auténtica víctima.

Morgan es más primitivo al respecto; su sentido de lo correcto está más ajustado, y no puede darse ciertos lujos, éticos o morales, aunque procure no extralimitarse. Porque sabe que, como flaquee, puede ser coautor de una matanza atroz. Morgan debe tratar con despiadados asesinos que llevan bombas pegadas al torso para detonarlas en algún centro comercial, o cine, donde la masacre sea grande, y que por el mismo rechazo que tienen por la Humanidad, no merecen recibir trato humano. Morgan no quiere saber que la retahíla de víctimas de esa bomba es por su culpa; por no haber actuado con la debida contundencia en el momento debido con el culpable.

Sus temas eternos siempre 
empero novedosos. Hasta estás
esperando que surjan algunos

Higgins fue construyendo un elaborado esquema literario donde el IRA (con ramalazos comunistas, cuando no trataron con nazis), el lumpen londinense y el inefable BRIGADIER FERGUSON ensamblan el escenario de bastantes obras. En cierto modo, el mundo está torcido debido a sujetos como Ferguson, o sus contrapartidas comunistas, pasadas o actuales. Nos consideran peones de un infecto juego de poder sin sentir compasión de nosotros, sacrificables en nombre de una Gran Causa Mayor cuyos límites sin embargo son difusos. Ferguson deplora que el presente enemigo no luzca uniforme de la SS; se camufla de diputado de izquierdas o blandengue conservador que aprovechan las virtudes del sistema para destruirlo. Ferguson no tiene claro contra quién debe lanzar a su asesino de turno, sea SEAN DILLON o Asa Morgan.

Al fin consigue un premio, que llega de rebote, no como Mikali, quien no podía soportar la muerte de la hija de Morgan, y buscó la redención como mejor sabía.