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| Esta misma servirá. Un brutal contraste de realidades que, en una reducción al absurdo, también vemos en TARZÁN EN NUEVA YORK. Vaya si el concepto ha dado para historias |
La historia arranca con uno de esos cruces
interdimensionales que MICHAEL
MOORCOCK acabó popularizando. Esta novela de Wells es de 1895, y su
temática dudo que fuese original. ALICIA
EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS es
un precedente, y seguro que por ahí encontraríamos más.
Lo importante es que Wells, fabianista con tendencias humanistas, que previno contra los populistas socialistas como OSTROG o CATERHAM, aprovecha la situación para hacer, más que una crítica, un retrato de los inmovilistas convencionalismos de su época, importante detalle pues muestra un pasaje de la Historia que, a conveniencia de los modernos impulsos reformistas (el fascismo WOKE), puede recibir tal mano “depuradora” que lo que reinterpreten sea antípodas de la realidad. Aun Wells, por fiel notario que pretendiese ser, alguna cosa alteraría para dramatizar su historia, y hacerla tan atractiva al lector como pudiese. Así insertaba mejor el mensaje a transmitir.
Una monótona lectura sin
alicientes liquida cualquier pretensión. De esta manera, Una visita
maravillosa empieza con un tono ligero, rozando lo cómico, para abandonarlo
conforme las lesivas vicisitudes que acometen al caído ÁNGEL ensombrecen su carácter
y ese divertimento inicial.
Wells nos dibuja su Inglaterra Victoriana y
describe qué sujetos pululaban por sus aldeas y ciudades. No tiene miramientos
con la mezquina aristócrata del pueblo que, primero, pretende apoderarse del
Ángel para convertirlo en una de esas curiosidades gauche tan de moda en
el momento de la redacción del texto (esto delata desde cuándo la izquierda tiene
esclavizada y prostituida a la Cultura, bien general que no debería servir a ninguna
bandera, sino elevar nuestros espíritus) y pasearlo por selectos salones londinenses
como una anomalía estilo JOHN MERRICK.
Disimula sus alas ocultándolas bajo su
abrigo. Así gana apariencia de gibado. Esto también estimula a la sorda e
intransigente déspota local (que tiene al personal bien sometido a sus
caprichos, sin encontrar entre ellos arrestos suficientes para contradecirla;
acaso al final lo habría hecho el sufrido VICARIO HILLYER, quien padece una
transformación mental/moral según debate con el Ángel las distintas diferencias
de su maravilloso plano con respecto al nuestro, de férrea lucha dolorosa
constante), empero las “presuntas rebeldías” del Ángel frustran sus planes.
Pretendía hacer entrada triunfal en Londres
gracias al virtuoso violinista (en el tejado), mas sus “singularidades”, expuestas
en una sesión musical organizada por su excelencia, desbaratan esa victoria. A
renglón seguido todo son desprecios y denuestos. El Ángel no era esa curiosidad
digna de apadrinar. Es un peligroso ácrata gauche que va por el pueblo “evangelizando”
con eslóganes socialistas a los trabajadores, tan obtusos que desprecian cuando
el Ángel pretende comunicarles. Hasta quieren agredirle sin motivo.
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| De un modo más dramático, WALTER TEVIS recuperaría las líneas maestras de esta novela del visionario Wells |
No. Wells no excluye de su elegante crítica
a ninguna clase social contemporánea (suya). El Ángel nunca ha conocido el
dolor; su primer contacto con él es en nuestro planeta. Un escopetazo del
vicario, en concreto (somos los que primero disparan y luego preguntan). Y su
encuentro con el vagabundo borracho (calco del “librepensador” que desprecia el
capitalismo, pero goza de todos sus privilegios) es un borrador del ARTILLERO de
LA
GUERRA DE LOS MUNDOS, un soñador o inadaptado que posee todas las
recetas para hacer un mundo mejor, aunque carece de todo impulso o ánimo para desarrollarlo.
Delata al Ángel cuán engañoso es el imperio (británico). ¿Por qué el granjero
se parte el lomo arando su parcela cuando dominamos numerosos países? Para eso
están los negros o los hindúes (así lo explicita Wells); sin embargo, allí está
el matao ese arando.
Décadas más tarde, WALTER TEVIS recuperará las líneas maestras de esta narración que, de inevitable manera gradual, concluye en tragedia. Mas la indulgencia del autor no puede consentir que un ser tan ingenuo, puro y radiante tenga tan aterrador fin.


