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| Esta misma portada. Trasluce algo que compendia la novela: de trasfondo, retrata una feria de las vanidades que encubre el titubeante romance de GATSBY |
F. SCOTT FITZFERALD hace un acertado
retrato de lo que se llamó la Belle Epoque, ese “entretanto” entre
guerras que sobre todo dominó Francia; una estremecedora contienda inaudita había
sacudido el ancho mundo (Europa principalmente), quizás la más devastadora de
las habidas hasta entonces, y cuando llegó la pax, las naciones vencedoras se consideraron
despertar de una pesadilla demasiado vívida como para revivirla. En ese autoensalmo
artificial que Fitzgerald retrata diseminaron las simientes del nazismo.
Los vencedores, borrachos de triunfo,
apretaron implacables las clavijas a la perdedora Alemania fautora de guerras de
tal modo que consiguieron alienar una nación y dar poder a un rencoroso hombre
que descubrió estaba en condiciones de tomarse una terrible revancha. Tras la
Segunda Gran Guerra, tomaron buena nota de qué no debían hacer. De todos modos,
ayudaba tener un aterrador enemigo a las puertas: la comunista Unión Soviética, viejos “aliados”, verdugos potenciales ávidos
de dominio global. La paranoica alienación alimentaría durante décadas a ambos
lados del Telón de Acero, ¡más ACERO!
Fitzgerald retrata, desde un aséptico punto
de vista, frío, el glorioso verano de 1924 de un misterioso magnate aterrizado
en Long Island, dueño de una fastuosa mansión en la cual celebra fáusticas
fiestas con generosa regularidad. Por sus jardines paseaban todo tipo de
apalancados de mayor/menor relevancia social, llevados por el impulso de
“dejarse ver” junto o la proximidad de la palpitante sensación del momento.
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| F. SCOTT FITZGERALD en una pose de perdonavidas propia de RODOLFO VALENTINO. En el fondo, mejor que la última "pose"· del MACARIO literario de moda: ¡en camiseta de albañil y boina! |
El esnob mundo del postureo es así; sólo
debes abrir revistas como ¡Hola! o ver programas de cotilleos para
notarlo. Hay otros sujetos, menos glamourosos, que también aprovechan estos
espasmos de popularidad, moviéndose entre sombrías bambalinas: políticos,
empresarios, aspirantes “a algo” que pisan cierto terreno firme. Las veladas de
Gatsby suponían oportunidad de contactarse, comerciar, ODIARSE, aliarse para
formar imperios o derribarlos. Varios ejemplos aparecen en la historia.
NICK CARRARAY, que relata este verano de
corrupción, desprende la sensación de estar vacío de emociones. No es que
procure tomar distancia/objetividad, sino que le importa todo una mierda. Su
indiferencia es casi robótica; propia de esos entes extraterranos de la ciencia
ficción sanasimoviana que toma nota de todo desapasionados, aunque del tiro salpicaran
los sesos su camisa. Objetaría un: Oh, ¡vaya! La sangre no sale de la seda, dando
un trago a su martini con la indolente pose del DAVID de MIGUEL ÁNGEL.
Es falsa la emoción como Carraway congenia
con Gatsby, quien le revela en un momento concreto su real nombre y modestos
orígenes de aventurero a quien el avatar brindó una oportunidad única de ser
magnate. De desahuciado héroe de guerra se transformó en un opulento
desconocido semimafioso obsesionado con un amor de juventud y quien edificó
(aunque ya estuviese allí) una mansión a fin de controlar a ese amor que desea
poseer con dolorosa ansiedad… siempre quedando en unas incómodas tablas de
castidad.
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| La más reciente adaptación. creo. En todo caso, la imagen del difunto ROBERT REDFORD es la que ves cuando lees sobre el misterioso Gatsby |
Sólo hay un esbozo de humanidad por lo ocurrido y por Gatsby hacia el final. Entre tanto, Carraway (y su peculiar romance con la golfista —ejemplo de la fatua superficialidad e inmediatez de la Belle Epoque, deportista veleidosa convencida de que este episodio de champaña, charlestón y tiroteos de gansters en Chicago sería eterno, para compensar la Gran Guerra—) se implica en el ansia de recuperar un tiempo perdido y una certeza que en Verdún voló por los aires. Querer volver a un mundo que nunca existió en realidad, un embrujo de inmovilistas clases sociales y vistosos bailes con príncipes en palacios propios de cuentos de hadas. Autohipnotizados por la necesidad de olvidar, en ningún instante Carraway (notario de esa Sociedad) pudo intuir que la Bella Época estaba gestando una nueva, violenta y prolongada oscuridad al planeta. Por entonces, cuanto agujero negro podía percibir era el del celoso racista TOM BUCHANAN y su esposa, DAISY, que despreciaba al marido y pensaba amaba a Gatsby. Pensaba.


