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| Afiche. Hay un toque de FAUSTO en esta película; dos mujeres se disputa el ánima del KID; MELBA que encarna el vicio y el mal, y la "pura" CHRISTIAN, el refudio al que acude cuando fracasa |
NORMAN JEWISON enfrenta en esta película dos estilos de
vida por los cuales debemos pasar inevitablemente: el ambicioso empuje de la
juventud y el reposado tactismo de la madurez. Para establecer la parábola
escoge a ERIC STONER, el KID DE CINCINATTI (el icónico STEVE MCQUEEN), deslumbrante
jugador de póquer dotado de un talento innato para salir triunfante, y a LANCEY
HOWARD (EDWARD G. ROBINSON, antiguo rey del cine de ganster de los 30), experimentado, ODIADO/envidiado e imbatible rey
del juego, enfrentándolos en una homérica partida.
Es curioso ver cómo una acción que se
reduce a dos hombres ante el tapete verde combinando juegos pueda dar para más
de hora y media. Para hacerlo, Jewison apresta argumentos secundarios, como
endebles telarañas, para agilizar la trama y no matarnos de aburrimiento. Esto
es cine comercial de calidad, no esos tediosos existencialismos que ponen de
rictus erectus a LISA SIMPSON o FRASIER, donde lo más emocionante es si abren o
no una botella de champán, por si el corcho rebota no sé dónde golpeando alguna
reflexiva mollera.
Las tramas secundarias principales la
abonan SHOOTER (KARL MALDEN) y el despiadado y rencoroso magnate de Nueva
Orleans SLATER, a quien Lancey da una buena paliza a las cartas, hiriendo su
inflamable vanidad y ego. Para Slater ver enfangado al maduro maestro de los
naipes se trueca obsesión. Encuentra una adecuada palanca para ejecutar su
venganza: Shooter, a quien presiona con unos vales de deudas para que haga lo
que más repugna al veterano jugador: trampas. Un sólido aire de probidad une a Kid,
Lancey y Shooter; Kid no piensa erigirse rey del juego mediante una añagaza,
que en seguida descubre.
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| El duelo ha estallado; los vértices protagonistas en el fotograma. Nueva Orleans contra el maduro LANCEY HOWARD, hasta que éste da la sorpresa. El presunto vencedor desaparece de su afecto |
Enfurece, motivado por su amor propio, y
una subconsciente certeza: si gracias a estas trampas gano hoy, cuando me
enfrente a quien sea, ya coronado monarca del póquer, y me zumba una paliza,
¿de qué vale mi título? Lancey lleva décadas reinando mediante su astucia, experiencia
y habilidad, eso nadie lo discute. Shooter mismo lo ha afirmado: le dejó pelado
cuando jugaron. Sería deshonesto ganar así. Mi coronación debe ser pura, justa,
ganada en justo lance: indiscutible.
La dignidad se ha convertido en caro
artículo en nuestros procelosos días. Verdad que siempre ha sigo materia
de una rebuscada sobreestimación. Todas las épocas han tenido rufianes así como defensores de la dignidad. Empero, como lo que estamos viviendo a fecha de esta reseña, muy poco en la Historia puede comparársele.
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| En esta época de edadismo, Howard muestra por qué no conviene desdeñar a la experiencia que otrogan los años |
Y mantener una ejemplarizante dignidad ante
la adversidad es asimismo argumento muy usual del cine. La novelería
caballeresca aparece para moderar una bestial Edad Media merced a unos
ejemplares y dignos caballeros que trataban con gentil compasión
(reservada a sus pares, esto es) confiando que los reyes y nobles de entonces les
imitasen y no sofocasen a la gleba. Fracasaron, la verdad. Este cine emula esos
pasos: presenta sujetos íntegros que impulsen al espectador a comportarse con
esos elevados estándares morales. En esencia, por sí mismo, para ver si es
capaz de ser otro ciudadano. Más que el juramento a la bandera, los conceptos
patrióticos, pagar impuestos. No parece que la cosa fermente tampoco en
nuestros más “culturizados” tiempos, dominados por la rapacidad y la avaricia, a caballo de la desconfianza y la polarización de marras.
Kid agrede a Shooter. Exige una limpia victoria irreprochable sobre Lancey. Su juego es brillante, consigue poner a Howard en un brete. Mas entonces Kid recibe una valiosa lección. Lancey demuestra que sabe más el Diablo por viejo que por diablo, y Kid se deja ofuscar por la edad y ese aparente “entumecimiento” que sufre Lancey. En la secuencia que enseña la jota, es cuando Lancey de implacable semblante muestra su último y más eficaz farol, derrotando a Kid. Cae la máscara. Mi experiencia y tu vanidad te vencieron.




























