miércoles, 14 de marzo de 2012

DON CAMILO – CRÓNICAS DE UN PUEBLO

Cubierta de una reciente reedición;
FERNANDEL como don Camilo
La plaza estaba llena como un huevo, porque todos esperaban que Pepón gritara locuras llegando quién sabe hasta dónde.
            Pepón, en cambio, no gritó; habló poco y con mucha calma.
            —Ciudadanos —dijo—, os saludo. Mi partido puede ordenarme decir lo que él quiera […] Yo habré sido el alcalde más bestia del universo; pero puedo asegurar que mi intención era la de beneficiar al pueblo. […]
            Pepón se registró el bolsillo y sacó de él algo.
            —Ciudadanos —dijo— cuando hace cinco años fui elegido alcalde, yo tenía en el bolsillo un cigarro toscano y quinientas liras; ahora, después de haber sido alcalde cinco años, tengo en el bolsillo doscientas cincuenta liras y medio cigarro: ésta es mi historia. […]
            —Jesús —gimió don Camilo—, él, el otro día, cuando habló en la plaza, me llenó el corazón de piedad. Lo he visto triste y abandonado por todos. […] Jesús, yo he votado por él… ¡Yo he cometido ese terrible sacrilegio!... […]
            —Yo sí, don Camilo —respondió sonriendo el Cristo—. El amor a tu prójimo ha hecho callar tu razonamiento. Que Dios te perdone, don Camilo.”

GIOVANNI GUARESCHI junto a Fernandel, que
interpretó a un personaje que inmortalizó a ambos
Este ejemplo resume excelentemente la vasta producción que GIOVANNI GUARESCHI realizó sobre sus dos más destacados y conocidos personajes, el cura don Camilo y el alcalde comunista PEPÓN, alias del compañero GUIUSEPPE BOTTAZZI. Enfrentados por mor de los resabios de la política, no podían empero ignorar, nunca, la llamada de socorro del otro. Porque así salvaban a un hombre de bien, y estando el mundo escaso de ellos, no interesa derrocharlos. Don Camilo, extensa saga de cuentos de lo humano y lo divino, versa sobre la integridad y la honradez, el sentido común y el exceso por la ofuscación. También la maldad tiene su hueco. No hay nada nuevo bajo el sol.
Creo que Guareschi entendía al mundo de un modo tan profundo como muchos filósofos “de campanillas” no pueden hacerlo. Y, sabiéndolo, nos acogotan con un fárrago de términos ampulosos que disimulan la vacuidad de sus planteamientos. En los cuentos de Don Camilo relata vivencias (cómicas, trágicas) de todo tipo (dentro de un contexto cristiano y moralizante; eran los cuarenta-cincuenta; la Segunda Guerra Mundial seguía fresca y, más todavía, la revancha de los que fueron víctima de los abusos de los CAMISAS NEGRAS de MUSSOLINI —don Camilo, Pepón y Guareschi, entre ellos—, descontentos con la ley de amnistía), pero, sobre todo, refleja la conducta humana en toda su grandeza y su vileza, destacando la promesa de que el Hombre es capaz de hacer cosas maravillosas, aunque eso no acaba de germinar dentro nuestro.
Dibujo de Guareschi, en el que caracteriza a
sus célebres personajes. Motivos como éste
encabezan los distintos capítulos de su obra
Los relatos del primer recopilatorio, abierto con Pecado confesado, tienen una frescura y una sencillez estilística digna de encomio, envidiable. Empleando un limitado vocabulario de expresivas/descriptivas palabras, Guareschi busca tanto apoderarse de nuestro corazón como de nuestro discernimiento. Aun pareciéndolo, no intenta “afiliarnos a su partido” (aunque conservador, el periodista Guareschi sabía destacar las hipocresías de la derecha; don Camilo no se corta criticándolos), sino exponernos diversas inconsistencias enojosas para el sentido común.
La "sede del partido" de don Camilo, iglesia sita en
Brescello, donde para el cine se afincó el pueblo de los
relatos. Muy próximo, el Ayuntamiento
Y entre ambos adversarios (nunca enemigos) predomina el CRISTO crucificado que preside la iglesia de don Camilo, clara voz de la razón y la conciencia, la integridad y la moral, conceptos que debieran prevalecer sobre todo, y no ser las frecuentes víctimas de las insidias políticas de cualquier color. (Es interesante que sea Cristo, y no Dios, el interlocutor de don Camilo. Sin duda, Guareschi entendía que el Padre Eterno era una figura distante y ominosa. JESÚS se paseó entre nosotros, ¿no? Sabría entendernos.)
Guareschi, en el extenso prólogo del recopilatorio, así lo afirma: el Cristo es la voz de mi conciencia. Y es el juez que mide la sinceridad de mis actos y palabras. Y se debe tener mucho valor para obedecer sus dictados, porque para nuestra carne es mucho más cómodo plegarse a las incoherencias que decir “Esto está mal y lo rechazo”. La sanción que conlleva tal decisión puede ser muy onerosa.
En una esquina de esa plaza, se puede admirar un
bronce del sacerdote que 'puso' a Brescello en el mapa
Estas fábulas también relatan la batalla de don Camilo y Pepón contra sus superiores, pues ellos, ante todo, atienden a su conciencia, confiados en su calidad, aunque siendo humanos (ergo, falibles), tratan de enmascararlo, por razones de imagen, por atavismo, con su ideología. Por fortuna, el Cristo del altar enmienda el desatino antes de que éste se haga mayúsculo.
Las parábolas están tratadas de manera amable e ironía fina que no radicaliza para así no hacerse arrogantes o inamistosas, y alcanzar a tantos lectores como fuese posible. Es cierto que suelen ser críticas con las izquierdas, pero quizás no tanto por la ideología como por sus incoherencias. Su hipocresía. Su sinsentido. Pepón suele sublevarse a los dictados del partido con cierta frecuencia, pese a que primero los acate. Su integridad está por encima de las consignas, implacables con el dolor humano, que él entiende.
Siendo saludado, en el otro
extremo, por PEPÓN, un
cordial adversario, tan
acérrimo en la defensa de lo
que es correcto, provenga de
donde sea, como don Camilo
Pepón es de sangre caliente, e impetuoso, pero tras meditar se alinea con la decencia, que, al igual que don Camilo, sabe que carece de preferencias políticas.
A orillas del Po, en la Baja, en un pueblo innominado de Italia, Guareschi hace relación de 1946-1947 a la sombra de unas convulsiones históricas que siguen causando daño. Con regularidad nos arranca una sonrisa leyendo sobre cómo se cometen disparates por mor de hacer un bien general, porque ni Pepón, el BRUSCO, el FLACO, el PARDO, en fin, “la banda”, están en política para enriquecerse u obtener prebendas y prestigio. A veces tienen la picardía de mover un poco las cosas para dar prestigio al partido (una obra pública, por ejemplo, cuya utilidad deja en evidencia a los negros reaccionarios de derechas, que blanden a la Iglesia como un arma, para escándalo de don Camilo), pero luego las cosas se enquician y se reparten los méritos con equidad. Y cada cual en su casa y Dios en la de todos.
En la turbulencia que los tiempos actuales nos trae, en la marejada de las grandes obras, los títulos virulentos, los argumentos escabrosos, víctimas de la alta literatura plagada de retórica excesiva e inútil, Don Camilo supone un oasis. La cálida sencillez que impregna sus párrafos, el humano y amable tratamiento que Guareschi hace de sus entrañables, inolvidables personajes, los acerca al lector, como también señala que los malos existen porque nacieron torcidos; algunas circunstancias tan sólo alimentaron a la alimaña que cobijan dentro. Mucho cuidado con andar disculpándolos con ese argumento. En otros casos, sí, fueron éstas las que torcieron a un cabal hombre de bien.
Es cierto que yo no votaría a Pepón, pero sabría que es honrado y que sinceramente se preocuparía por beneficiar a todos como alcalde. Y, sino, allí estaría don Camilo alerta para aplicarle el oportuno pescozón corrector.