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Portada del recopilatorio aludido. STEPHEN KING amplió luego la historia principal dándole forma de novela |
STEPHEN KING, escritor que da relevancia al
personaje secundario, o de tercera fila, propia del protagonista, es viejo
conocido del género de la ciencia ficción; antaño destacó por novelas como EL
FUGITIVO o LA LARGA MARCHA, donde introducía su instintivo mejor hacer
(el suspense, el terror) para conseguir una apabullante distopía intimista, que
atacaba al alma o sensibilidad del lector con considerable eficacia.
La niebla es volumen que ronea al pulp de calidad, donde King manifiesta
lo mejor de su obra: el examen psicológico del estadounidense, sus tics,
manías, prejuicios, fobias-filias, su indiferente capacidad para el racismo, o
serlo explícitamente. No sé cuánto tardará la Pérfida WOKE en taladrar sus
páginas para “purificarlas” con su Agenda TransTotalitaria y lavar el cerebro orwellianamente al
personal, su único objetivo vírico.
King escribe de los negros mostrando el
sesgo despectivo que sin duda ha oído impostado con total naturalidad en charlas
de sus coetáneos; sesgo prejuicioso de intensidad baja-alta en el cual sus
conferenciantes ni reparan por hábito. Es nuestra verbalización al tratar de
gitanos o moros. Les despreciamos y erizamos por atavismo nuestra xenofobia. Algo
innato nuestro. Aun así, las progrepolíticas ministeriales lo único que conseguirán es ahondar esa
línea. Porque adviertes su oportunista propósito falso, fatuo. Excusa para que
una partida de mandrias universitarios y demás rodillaspelás ganen un sueldo que jamás conseguirían de
otro modo. En serio: ¿no captáis la manipulación?
Al texto, sin embargo; el fantástico
aterrador resume el recopilatorio, aunque en La niebla ya he destacado
su fuerte dosis de ciencia ficción que apela a un ominoso concepto propio del
cine de los Año 50 de ROGER CORMAN; La niebla se semeja a una traslación
de EL INCREÍBLE HOMBRE MENGUANTE, víctima de una nube neblinosa
radiactiva. King habla de experimentos con otros átomos, traslación de
esa bruma atómica.
No obstante, aprovecha King La niebla
para retratar las idiosincrasias de sus paisanos. Otra constante de su obra es delatar
el negativo influjo en el vulgo de las religiones, las sectas más bien. Apenas
acusa a católicos o protestantes de protagonizar movimientos radicales como los
que surgen de pronto de una esquina de Estados Unidos y componen una religión
que exacerba los ignaros miedos primitivos de una exaltada nación de
analfabetos (el ricano lo es bastante, pese a lo que filmen sus Propagandísticas
producciones televisivas, todos universitarios cuyo nivel real cultural es de
nuestros institutos). De inmediato, la Bestia, la Puta Babilónica, el Fin de
los Días, las Trompetas del Juicio Final y demás delirios purulentos, predica
un autoerigido Ministro de Dios de forma incontrolable. El relato añade a ese
clima neurótico el encierro en un espacio claustrofóbico causado por misteriosos
predadores alienígenas y desconocer qué ha producido esa invasión. O si durará.
Ah, y tener al ‘imantador’ dictadorzuelo de turno.
EL MONO es relato… supletorio con añejo regusto a historia inglesa de
“terror” de los años 20, donde la pregunta que te obsesiona es: ¿por qué
cojones no tiras al primer horno a cien mil grados que encuentres al puñetero
juguete, augur de tantas muertes, no motor? No: toda opción es arrojarlo al fétido
fondo fangoso de un pozo, o similares. Y, claro: el maldito trasto regresa de
inesperada forma aterradora para pesadilla del protagonista.
EL ATAJO DE LA SEÑORA TODD recuerda a cuento de H. P. LOVECRAFT (satanizado
ahora como fascista), y gana interés sólo pasado su mitad. Decides dejar de
leerlo, pues es básicamente retrato de dos jubilados del inexistente Castle
Rock y los bostonianos de fin de semana que les visitan encantados con su rural
ambiente hasta que… ¡el camino!
Este volumen realiza la reflexión sobre cómo la mente humana procesa o no la realidad/la irrealidad, llegando a concluir que no está preparada para aceptar lo irreal, por palpable que sea. Lo asimila al fin como si fuese un onirismo, porque el Ser Humano teme demasiado saber que hay Algo Más Inexplicable al límite de su percepción visual.