viernes, 19 de mayo de 2023

EL ORO DEL REY — CAPITÁN ALATRISTE IV

 

Portada (de tantas). Un fuerte
carácter náutico impregna estas
páginas que "rescatan" uno
momento de España que puede no
diferenciarse tanto de la actualidad

Transcurre en Híspalis la casi totalidad de la novela (aventurero/didáctica, sospecho que imitando lo que ALEJANDRO DUMAS, PADRE, persiguió con LOS TRES MOSQUETEROS o novelas anejas —o aun SIR WALTER SCOTT—: el folletín de capa y espada con un grandioso —o grandilocuente— escenario verídico). Sus principales escenarios me son familiares, por tanto. Empero excita la curiosidad saber cómo fueron algunos otros, desaparecidos en la actualidad. Dibuja una Sevilla adicta a la opulencia, la Corte y el desfalco, hervidero de complots como el que pretendió transformar Andalucía en nación (ese mefítico ‘cuentecito’ que se traen los retrógrados nazionalistas cavernarios) y que, según esta obra, tal intentona golpista quedó anulada merced a una combinación de habilidad, sangre y oportunidad.

[Quitando a desnortados que pululan por ahí, Andalucía es monárquica; y, de ninguna forma, podrán convencerme que convertir a España en república vaya a beneficiarnos. Sus arteros promotores sólo persiguen instaurar su propia dinastía, a perpetuar con trucos, violencia y corruptelas. Pierde otra vez el populux. Recuerda: República: CACA.]

En la última reseña dejamos a DIEGO ALATRISTE y a ÍÑIGO BALBOA en Flandes. Toca retornar a la patria por fin (denostada por uno de los camaradas del frente del capitán, de quien recibe una dura reprimenda mediante una escalofriante mirada, lo habitual en el lacónico —y quijotesco, a su pesar— personaje) y, apenas desembarcan, tras agitada travesía donde las naves españolas demostraron su alta capacidad frente a la piratería inglesa y holandesa, venciéndoles, quedan implicados en una operación de alta política regia que, sobre todo, pretende abortar la intentona sediciosa de quitarle otro trozo del Imperio al Cuarto Felipe (Rey Planeta que retrata ARTURO PÉREZ-REVERTE con una suerte de piedad, amabilidad y comprensión, diferenciándose de los avinagrados detractores) y recaudar, de paso, un importante caudal en oro y plata de las Indias que pensaban despistar a la sedienta hacienda nacional, acabando en otras malas manos.

ARTURO PÉREZ-REVERTE "a lo espía";
se aboca bastante en hacer un retrato de 
"entonces" que, a grandes rasgos, recuerda
a hoy (repito)


Íñigo es ya joven curtido; bregado en una terrible guerra, se siente, más que mocetón con posibles, veterano del frente merecedor de respeto. Al momento empuña la herreruza, dejando tieso al ofensor de una buena mojada. (Ese lenguaje, decaído hoy día, contiene ciertas expresiones que debieran recuperarse.) Mas el atontado sigue perdidamente enamorado (un amor masoquista) de ANGÉLICA DE ALQUÉZAR, la cual, ganando a su vez en esplendores, enseguida planea la muerte de Íñigo, dejándolo tieso de unas cuantas buenas mojadas en la, entonces, espectacular Alameda de Hércules. (Hoy día, una ruina.)

Reverte condena a FRANCISCO DE QUEVEDO a la suerte de Alatriste e Íñigo. Y, eso, reproduce los momentos inverosímiles del relato, eclipsando el esplendor de la saga. Si en EL SOL DE BREDA se trataba del empeño, continuo/desesperado, de hacer real a Alatriste (que, oye, igual existió en algún ángulo de la Historia de entonces personaje muy parecido), ubicándolo incluso en el lienzo de LAS LANZAS, en esta ocasión es la “oportuna” aparición, para nada explicada, de Quevedo & Cía. cuando a Íñigo, víctima de esa celada urdida por Angélica, está a punto de ser enviado por la posta por un grupo de sicarios en la citada Alameda. Es dramatismo extremo que nadie del grupo se encarga de aclarar. Se limitan a aparecer, cuan Deux Ex Machina, batiéndose, vertiendo sangre, para luego escapar de la gura, alertada por el clamor de las durandinas blandidas.

Un momento de gloria de la Alameda de Hércules,
muy distinta a la progreporquería que es hoy día

Bordea ese sinsentido el capítulo tragicómico del bandolero en vísperas de ajusticiamiento; mas descubres que encaja por dos razones: rebosa de un sombrío humor y pormenoriza idiosincrasias de la época que enriquecen a una, sobre todo, amena novela de digna lectura.