viernes, 22 de mayo de 2026

¿HOMBRES O MÁQUINAS? —Y SU SUTIL AUGURIO

 

Portada. La influencia de
STAR WARS no puede ser
más gráfica. He procurado
leer estas novelas antes del
estreno de esa película;
respetaban otros arcaicos
cánones

El prolífico GLENN PARRISH (pseudónimo) nos pone de nuevo en órbita vía otro indómito planeta (similar casi a la Tierra, qué curioso) donde sigue explotando el space-opera, que parecía la pauta de estos libros “de a duro”, aprovechando para plantear un enigma de nuestra actualidad. Es lo más jugoso de una rutinaria historia de aventuras en otro orbe, con la siempre flapper compañera que no resulta ningún bibelot cursi o inútil, novia trofeo a alojar en un rincón y luego pueda dar reposo al triunfador, implacable, listo, noble, valiente guerrero protagonista.

Moldes que el autor replicaba bajo sus otros alias. Así, los defectos anotados en, pongamos, RON RAMISH, reaparecen en RAMISH RON, y gracias a concienzudos catalogadores que se han tomado el prolijo trabajo de compilar todas sus obras y pseudónimos, sabemos se trata de RAMÓN RAMÍREZ. Por tanto, la fórmula que vale a Parrish sirve a CARRADOS, porque… ¡es el mismo!

No sé si era consciente Parrish de que habría un listo que captaría esta “duplicidad”, y si le importaba le criticasen esa falta de originalidad/creatividad. Pienso que no; supongo que lo pagado por cada novelita no merecía desviarse apenas de la norma para dejar en la duda, y si una subconsciente noción de que no estaba escribiendo EL GRAN GATSBY (o similar), sino una olvidable literatura MacMenú para paladares todoterreno, también estaba traicionándolo.

GLENN PARRISH (pseudónimo).
Al menos su nombre de guerra es más
chulo que el del protagonista de esta
historia. Por cierto que en el vasto
planeta Khator sólo existían dos o
tres ejemplares de flora y fauna

Parece ni se le pasó por el magín el que, décadas después, un movimiento de lectores un tanto extravagantes encontrasen interesantes estas historias, cogiéndoles cariño por su simpleza y contexto histórico, decidiendo darles eco y relevancia. De haberlo sabido, imagino entonces sí esmeraría más su prosa.

Siempre repite el mismo defecto: la ausencia de descripciones de elaborados escenarios que podía resolver con una o dos frases o escogidos adverbios. Parrish (o sus alias) parece escribía en algún acogedor despachito con un ventanal abierto a su barrio, el cual le valía para situar sus ciudades futuristas, en las cuales ni existían los neones. Se abrigaría en la cómoda coartada de que el lector, al tratarse de una “novela de anticipación” (ciencia ficción/futurista) ya asumía habrían elevadas Arcologías con cadenas de autos voladores sobre sus altísimos tejados (o entre los cañones formados por los megabloques), porque SANDIOS ASIMOV o ARTHUR CLARKE ya les habían surtido esas imágenes, aplicables a todo contexto similar.

A ver, ¿cuántas palabras he necesitado para describir una hipotética urbe del futuro como la capital de esta novela? ¿Sesenta? Parrish podía emplearlas en eso, no malgastarlas en ciertos diálogos, escalofriantes por su puerilidad o inane vacuidad.

Más de su ingente labor escrita.
Lo mismo que el moñas poeta
que escribe "un ratito, como
debe ser". Por supuesto,
Parrish repetirá los clásicos
errores de su producción: la
ausencia de descripciones
urbanas o borrosos bosquejos
de los planetas que visita. Y no
se necesitaba tanto para poder
detallarlos: un renglón o dos,
a lo sumo. Imagino la codicia
también propulsará esta novela

Importante es la advertencia que el galán, JOSEPH BELOWS (vaya nombre cutre para un héroe), una suerte de RAMBO e indisciplinado militar con las chulescas trazas del CAPITÁN KIRK, capaz de sobrevivir en ambientes extremos gracias a su fe en sus habilidades (y su bayoneta), hace sobre cómo la molicie de lo maquinal (o esto virtual que ahora permite contactar con un peruano, por ejemplo) estaba adormeciendo/ablandado al ciudadano, restándole iniciativa, arrojo. Es la idea de WALL-E, una población atrofiada en sus sillones flotantes, incapaz hasta de andar ya. Su dependencia de las máquinas estaba hurtándoles el amor propio. Belows exige una formación donde los soldados hagan mucho más que apretar botones y ver ensuciarse a los robots. Eso motiva el relato: ante una calamidad y una “sublevación” de las literales máquinas andantes/parlantes, la Humanidad prefiere sucumbir.

Lo que Belows y su atractiva compañera descubren en Khator sobre la sublevación de las máquinas tiene mucho de infantil-asimoviano, como es por completo incongruente el motivo por el cual esos robots (esclavos que debían edificar la colonia humana) mutilan a los humanos que aterrizan en Khator buscando noticias. ¿Para qué necesitaban esos órganos, si no les iban a proporcionar una mayor comprensión del Cosmos, o sí mismos, no les haría evolucionar? Los robots descritos son clásicos artefactos, sin pasiones o deseos de mejora, excepto la concerniente a su mayor eficacia laboral.

No estaban hechos para socializar, y menos a ese nivel.