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| A priori, piensas encontrarte con un entorno madmaxiano. Eso le daba morbo. Después resulta que no |
De las novelitas “de a duro” que llevo leídas, es la mejor. Las anteriores explotaban
el concepto space-opera, que es bastante western a su vez:
un forastero llega a un planeta extraño plagado de dificultades que resuelve
mientras se amartela con la bella del reino (esto sí es constante en estas historias: la
coprotagonista es despampanante flapper. Esta no viola la norma) y
llegamos al satisfactorio (aunque artificial) happy end.
Me aturde de estos protagonistas su
rebuscado nombre, uno anglo polisilábico cuando lo usual es un nombre corto/con
gancho que atrape la memoria del lector: (MAD) MAX, RAMBO, INDY (JONES), ASH, DOC SAVAGE, LA SOMBRA, TARZÁN… El del protagonista de este relato es MAX VASKOWICH. Recordabilísimo,
vaya. Aunque el autor tampoco se ha quedado corto: KELLTOM MCINTIRE (alias de un prolífico escritor español, y
seguro que autor de previas novelas). En serio: ¿Vaskowich? ¿Tiene relumbrón de
héroe épico?
Bueno, a la sustancia: en un futuro
relativamente próximo, marcado por la tensión de los bloques y la Guerra Fría,
un puñado de megamillonarios fleta una nave cargada de las provisiones y lujos indispensables
para hacer un hedonista crucero por el Sistema Solar. Lo demanda su riqueza. Bautizan
la nave con el pomposo nombre de EMPEROR OF THE GALAXIES (ignoro por qué
McIntire lo escribe todas las veces en mayúscula. Bien al principio, para
remarcar la arrogancia del propósito, o decir: “En el costado se leía el
nombre…”, pero ¿siempre? —Lo hago yo la primera vez para destacarlo; luego va
“en normal”—.) y zarpan con meta inicial Marte. Antes de orbitarlo habrá
complicaciones.
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| La fecundidad narrativa de KELTOM MCCINTIRE llegó a las 500 novelas de distintos géneros. Otra patada en los microwevos del poetastro del "escribo un ratito, como debe ser" |
Es cierto que estas novelas, por su
naturaleza destinada a la evasión pura y dura, no son purista hard science fiction. Viven de la ocurrencia,
la improvisación, el dramático impacto. Empero cierta coherencia las
beneficiaría. Detalle: la nave (cuyo matiz de espacio claustrofóbico estilo NOSTROMO desaprovecha McIntire)
tiene forma de flecha (como la que lleva a CHARLTON HESTON al planeta de los simios) y mide doscientos metros de eslora. Grave
fallo: una nave con un nutrido pasaje, almacenes, camarotes (de lujo), salas de
fiestas, equipo de soporte vital, combustible, debe tener una longitud mínima
de dos mil metros. No se especifica qué combustible quema, mas si fuese energía
nuclear, debería poseer un eficaz blindaje antirradiaciones. Eso roba metros a
las lúbricas fiestas de disfraces a lo PRÍNCIPE PRÓSPERO y la piscina olímpica.
Y ese diseño en punta de flecha: acorta más el espacio.
Dijimos comanda Vaskowich esa nave de los
locos (acertado símil) para que su prepotente pasaje visite los rincones
recónditos del Sistema. La verdad es otra, y en un concreto momento lo
descubre. (McIntire juega con torpeza con el suspense. Y luego deja perlas como
que “caníbal es el que come carne”.) No comprendes qué sostiene la historia
hasta que topan con una nave gemela a la Emperor convertida en
cementerio. Piensas al instante: ALIEN. O contagio vírico (referencia a LA MÁSCARA DE LA MUERTE
ROJA en el espacio). Cierto: hay contagio vírico, pero NADIE es su sano
juicio fleta un crucero sin médico a bordo capaz de diagnosticar y curar la
peste transmitida por ratas.
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| Confío las restantes obras tengan el ágil y pulido verbo de esta reseñada |
Tales torpezas minan el resultado global de
una historia bien escrita, con garbo y prosa. La disfrutas hasta tropezar con
esas incongruencias, que califican algo digno de un diez en un seis.
El final es un forzado happy end. La
Guerra Mundial Terminal abrasa la Tierra y, en vez de escribir un final
dramático, McIntire les brinda una salida poco factible. ¡Con lo bien que
hubiese estado tener una nave llena de enloquecidos millonetis orbitando un
planeta páramo madmaxiano, obligados a encarar el futuro, si lo tienen, o
suicidarse!
Y yendo cortos de espacio y recursos ya racionados, McIntire remata la faena llenando la Emperor de rorros. Genial.


