| Portada. La influencia de STAR WARS no puede ser más gráfica. He procurado leer estas novelas antes del estreno de esa película; respetaban otros arcaicos cánones |
El prolífico GLENN PARRISH (pseudónimo) nos pone de nuevo en órbita
vía otro indómito planeta (similar casi a la Tierra, qué curioso) donde sigue
explotando el space-opera, que parecía la pauta de estos libros “de a
duro”, aprovechando para plantear un enigma de nuestra actualidad. Es lo más jugoso
de una rutinaria historia de aventuras en otro orbe, con la siempre flapper
compañera que no resulta ningún bibelot cursi o inútil, novia trofeo a alojar en
un rincón y luego pueda dar reposo al triunfador, implacable, listo, noble,
valiente guerrero protagonista.
Moldes que el autor replicaba bajo sus otros
alias. Así, los defectos anotados en, pongamos, RON RAMISH, reaparecen en
RAMISH RON, y gracias a concienzudos catalogadores que se han tomado el prolijo
trabajo de compilar todas sus obras y pseudónimos, sabemos se trata de RAMÓN
RAMÍREZ. Por tanto, la fórmula que vale a Parrish sirve a CARRADOS, porque… ¡es el mismo!
No sé si era consciente Parrish de que
habría un listo que captaría esta “duplicidad”, y si le importaba le criticasen
esa falta de originalidad/creatividad. Pienso que no; supongo que lo pagado por
cada novelita no merecía desviarse apenas de la norma para dejar en la duda, y
si una subconsciente noción de que no estaba escribiendo EL GRAN GATSBY
(o similar), sino una olvidable literatura MacMenú para paladares todoterreno,
también estaba traicionándolo.
Parece ni se le pasó por el magín el que,
décadas después, un movimiento de lectores un tanto extravagantes encontrasen
interesantes estas historias, cogiéndoles cariño por su simpleza y contexto histórico,
decidiendo darles eco y relevancia. De haberlo sabido, imagino entonces sí
esmeraría más su prosa.
Siempre repite el mismo defecto: la
ausencia de descripciones de elaborados escenarios que podía resolver con una o
dos frases o escogidos adverbios. Parrish (o sus alias) parece escribía en
algún acogedor despachito con un ventanal abierto a su barrio, el cual le valía
para situar sus ciudades futuristas, en las cuales ni existían los neones. Se
abrigaría en la cómoda coartada de que el lector, al tratarse de una “novela de
anticipación” (ciencia ficción/futurista) ya asumía habrían elevadas Arcologías
con cadenas de autos voladores sobre sus altísimos tejados (o entre los cañones
formados por los megabloques), porque SANDIOS ASIMOV o ARTHUR CLARKE ya les
habían surtido esas imágenes, aplicables a todo contexto similar.
A ver, ¿cuántas palabras he necesitado para
describir una hipotética urbe del futuro como la capital de esta novela?
¿Sesenta? Parrish podía emplearlas en eso, no malgastarlas en ciertos diálogos,
escalofriantes por su puerilidad o inane vacuidad.
Importante es la advertencia que el galán,
JOSEPH BELOWS (vaya nombre cutre para un héroe), una suerte de RAMBO e indisciplinado militar con las chulescas trazas del CAPITÁN KIRK, capaz de sobrevivir en ambientes extremos
gracias a su fe en sus habilidades (y su bayoneta), hace sobre cómo la molicie
de lo maquinal (o esto virtual que ahora permite contactar con un peruano, por
ejemplo) estaba adormeciendo/ablandado al ciudadano, restándole iniciativa,
arrojo. Es la idea de WALL-E, una población atrofiada en sus sillones
flotantes, incapaz hasta de andar ya. Su dependencia de las máquinas estaba
hurtándoles el amor propio. Belows exige una formación donde los soldados hagan mucho más que apretar botones y ver ensuciarse a los robots. Eso motiva el relato: ante una
calamidad y una “sublevación” de las literales máquinas andantes/parlantes, la
Humanidad prefiere sucumbir.
Lo que Belows y su atractiva compañera descubren
en Khator sobre la sublevación de las máquinas tiene mucho de infantil-asimoviano, como
es por completo incongruente el motivo por el cual esos robots (esclavos que
debían edificar la colonia humana) mutilan a los humanos que aterrizan en Khator
buscando noticias. ¿Para qué necesitaban esos órganos, si no les iban a
proporcionar una mayor comprensión del Cosmos, o sí mismos, no les haría evolucionar? Los robots descritos son clásicos artefactos, sin pasiones o deseos de mejora, excepto la concerniente
a su mayor eficacia laboral.
No estaban hechos para socializar, y menos a ese nivel.






















